Hay imágenes que se quedan fijas para siempre, como aquella primera tarde de toros a la que mi padre me llevó en La Caprichosa de Talavera de la Reina. Fue la primera plaza que pisé en mi vida, y todavía ayer, cuando crucé la puerta del tendido 7, volvía a recordar aquella mano grande y callosa que me apretaba la mía para que no me asustara con el toro.

El viaje a esa tarde, en realidad, comenzó mucho antes de pisar el albero. Empezó en un tren de media distancia que une Madrid con Sevilla, nueve horas de recorrido pausado que hace parada en Talavera de la Reina. Un trayecto donde se ven los campos pasar despacio por la ventanilla, las estaciones de tren que aún resisten, los andenes pequeños donde hoy sube un mochilero en lugar del mozo del petate y donde la señora que antes iba con la cesta ahora enciende su portátil. Toda una experiencia, un viaje a otro tiempo que me ha permitido también escribir este artículo: porque solo cuando se viaja despacio se entiende lo que significa, de verdad, llegar a una plaza como La Caprichosa.
Tres toreros, tres territorios
El cartel reunía a tres figuras que dicen mucho de lo que es hoy el toreo. Alejandro Talavante, con raíces familiares en Espinoso del Rey, en plena comarca de La Jara. Tomás Rufo, talaverano de nacimiento y orgullo local desde que cuajó su primera tarde. Y Roca Rey, peruano, que recuerda que la fiesta es un hilo cultural que cruza el Atlántico.
Los tres lidiaron seis toros de Alcurrucén y los tres salieron a hombros, con una plaza en la que no cabía un alfiler y con la bonita estampa del campanario y la cúpula de la Basílica de Nuestra Señora del Prado como fondo. Hubo orejas, hubo emoción y hubo verdad. Talavante puso el arte, Roca Rey el valor y Rufo el oficio sereno de quien torea en casa. El acto se enmarcaba además en el 106 aniversario de la muerte de Joselito el Gallo en este mismo ruedo, homenajeado al mediodía como manda la tradición.
Lo que sostiene la tarde
Detrás de cada toro hay una finca, un mayoral, vaqueros, veterinarios, transportistas. Es, literalmente, fijar población en comarcas que pelean contra la despoblación. Y es también dehesa cuidada: donde hay toro bravo hay pastos vivos, encinas regeneradas y aves migratorias; donde la dehesa se abandona, llegan el matorral, la erosión y el fuego. Ayer me hablaban precisamente de la Ganadería de Alcaudete de la Jara, esa puerta a una comarca que llevo incorporada a mi forma de ser.
Hasta los antitaurinos miran a La Caprichosa
Y aquí está lo más significativo de la tarde del 16 de mayo: hasta a los antitaurinos les gusta La Caprichosa. Tanto, que un activista del Vegan Strike Group se lanzó al ruedo como espontáneo, con el cuerpo pintado, para llevar allí su reivindicación. Es paradójico, pero también revelador: incluso quienes se oponen a la fiesta saben que es aquí, en La Caprichosa, donde merece la pena estar para que se les escuche. Una plaza que llena, que reúne a Talavante, Rufo y Roca Rey, que congrega a aficionados de toda España y que, al mismo tiempo, sirve de altavoz a quienes la cuestionan, es una plaza viva, aunque solo celebre festejos en dos ocasiones al año y, siendo sincera, necesite un encalado interior. Y una tradición viva es la única que merece llamarse cultura.
Cuando los tres toreros salieron a hombros, no salía solo un trío triunfal. Salía un hilo común que une La Jara con Talavera, los Montes con Lima, al niño que participaba activamente en su primera corrida con el mayoral que lleva treinta años en la dehesa. La cultura taurina no es solo arte ni solo tradición: es economía, oficio, ecosistema, artesanía e identidad. Es una de las pocas actividades que todavía sostiene la vida donde la vida cuesta.
Desde el tendido de la memoria, seguiremos aplaudiendo.
Opinión de Yolanda Martínez Urbina
